Procesos terapéuticos

Ser sujeto deseante

Existimos antes de nacer: las palabras que nos nombran nos marcan. Una reflexión sobre la falta, el deseo y la posibilidad de inventar una vida más propia.

Sol Vassia 3 min de lectura

El mundo nos precede

Existimos incluso antes de nacer: en el lugar que nuestros padres nos dieron en sus pensamientos. Antes de poder hablar, fuimos hablados; antes de poder nombrar el mundo que nos rodea, fuimos nombrados… y esas palabras tocaron, marcaron, dejaron huellas en nuestra subjetividad.

En el mejor de los casos, hubo quiénes desearon algo para nosotros, y en ese desear, volcaron sus propias fantasías, sus fantasmas y miedos. Es inevitable, es humano, y también necesario, porque a partir de esas palabras, de esas marcas, construimos un ser, un modo de pararnos frente a otros, una manera de habitar el mundo.

Las marcas que nos habitan

Son marcas que nos han dado recursos, que nos sostienen, pero también marcas que pueden limitarnos, alejarnos de nuestro deseo, hacernos sufrir. Hay palabras más pesadas que otras.

En análisis trabajamos para reconocerlas, especialmente aquellas que nos atan al padecimiento. Buscamos despejarlas, aflojarlas, volverlas más móviles, encontrarles nuevos sentidos, para así abrir la posibilidad de una existencia más propia y deseada, menos sufriente.

A esto le llamamos ser sujeto: estamos sujetos a estas palabras que nos significan. Pero lo interesante es que ninguna de estas marcas nos amarra del todo, siempre hay algo que se escapa, algo indecible. Ninguna palabra nos define del todo. Queda un vacío, una falta en ser.

La división y la falta

Por eso estamos divididos, incompletos, en contradicción:

  • Queremos una cosa pero también queremos la opuesta;
  • Nos quejamos de no poder evitar el terminar de nuevo en la misma situación;
  • Decimos que no nos encontramos, que no sabemos lo que queremos;
  • O cuando obtenemos eso tan deseado, ya no lo queremos más.

Nada es tan homogéneo ni armónico en nuestra condición humana.

El deseo como motor e incomodidad

Ese movimiento, eso que molesta, que nos tiene de acá para allá, es el deseo.

Hace poco una paciente lo nombró como un gusanillo, como un “rum rum”, y me pareció que dio en el clavo. El deseo molesta, incomoda, nos complica la existencia, no nos deja estar tranquilos, no se satisface nunca. ¡Por suerte! ¿Qué quedaría de la vida si todo fuese quietud? ¿Si no hubiese deseo que nos levantara de la cama? ¿Qué quedaría de nosotros si no tuviésemos ese gusanillo que nos hace saltar de la silla y movernos a otro sitio? El deseo es signo de que hay algo vivo, una energía que empuja y moviliza.

Ser sujeto deseante

Ser sujeto implica estar atravesado por discursos, por exigencias, por expectativas del otro. Pero ser sujetos deseantes… es otra cosa.

Ser sujeto deseante es poder sostener el vacío, el enigma, la falta. Es no cerrarse nunca del todo. Porque podemos captar que ahí donde eso no cierra, adviene lo que nos mueve y lo que nos separa de la muerte.

Ser sujeto deseante es aceptar que no hay respuestas definitivas, pero sí caminos por habitar.

Es poder hacer algo nuevo con las marcas que traemos, para que no se conviertan en un destino, sino que faciliten poder inventar algo que incluya nuestra singularidad.

Ahí radica la apuesta del análisis: alojar el malestar no para acallarlo, sino para escucharlo. Transformar la queja repetitiva en una pregunta que ponga en marcha algo nuevo, algo propio.

Porque en lugar de preguntarse ¿quién soy?, tal vez la pregunta más viva sea: ¿qué deseo?

Retrato de Sol Vassia
Por Sol Vassia

Psicóloga Psicoanalista

Acompaño a mis pacientes desde un enfoque psicoanalítico, facilitando un espacio de escucha activa y libre de juicios.

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