Dirigido a aquellos momentos donde el malestar afecta la dinámica del hogar o se aloja en los vínculos familiares. Un espacio clínico pensado para que circule la palabra entre las distintas generaciones, permitiendo revisar los roles, tramitar crisis compartidas y construir nuevas formas de lazo.
La terapia familiar no se piensa como un espacio para señalar culpables o imponer un "deber ser" en la dinámica del hogar. Partimos de la premisa de que cuando alguien en la familia sufre, esa angustia termina interpelando a todos sus integrantes. El malestar suele circular por debajo de lo que se dice, manifestándose en tensiones, silencios, repeticiones o síntomas que alguien carga en nombre del grupo. El trabajo clínico consiste en habilitar una pausa en la rutina familiar para que la palabra pueda circular entre las distintas generaciones. Se trata de propiciar un encuentro donde se puedan revisar los roles que cada uno ocupa —a veces de manera rígida— y los mandatos que, sin saberlo, condicionan la convivencia. Al desarmar los malentendidos y alojar las crisis compartidas, la familia puede construir nuevas formas de vincularse, más flexibles y menos sufrientes.
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La composición del grupo en cada sesión se decide según el momento del proceso y las necesidades de la familia. No siempre es necesario que estén todos, a veces el trabajo clínico requiere subgrupos (por ejemplo, solo los padres, o padres e hijos) para trabajar temas específicos.
Es más que una charla. La presencia del profesional no es para arbitrar discusiones, sino para que aparezca lo que está silenciado. Se trabaja con la palabra, pero también con la forma en que se dicen las cosas y el lugar que cada uno se permite ocupar.
Sí, el espacio permite revisar la historia familiar y cómo los relatos del pasado impactan en el presente. La intención es que esos hilos, a veces enredados por los años, puedan ordenarse de manera que no sigan trabando el presente de la familia.
Un espacio para revisar roles, mandatos y crisis compartidas.