El padecimiento en la niñez y la adolescencia suele manifestarse de formas particulares: inhibiciones, cambios en la conducta, temores o dificultades en el lazo con los otros. Ofrecemos un espacio que aloja la singularidad de sus tiempos y modos de expresión, acompañando también a los adultos responsables en el tránsito de estos momentos de desafíos.
En la infancia y la adolescencia, el sufrimiento difícilmente se traduzca en una demanda clara expresada en palabras. El malestar suele presentarse en el cuerpo, en problemas con el aprendizaje, en el aislamiento, o a través de conductas que interpelan a los adultos. Con los niños, el juego, el dibujo y el relato se constituyen como las vías privilegiadas para trabajar y tramitar aquello que angustia. En la adolescencia, se ofrece un espacio de resguardo frente a la mirada familiar y social, alojando las conmociones propias de esa etapa. En ambos casos, el trabajo clínico no se realiza de forma aislada: se sostiene en una articulación constante con los padres o adultos responsables, convocándolos a interrogar el lugar que ese niño o joven ocupa en la dinámica familiar.
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El espacio del niño o adolescente es individual para resguardar su privacidad y su palabra. Sin embargo, se pautan entrevistas periódicas a solas con los padres para trabajar sobre el proceso, ya que su implicación es fundamental.
Con los más chicos no apostamos a la charla formal. El análisis se despliega a través del juego, los juguetes y el dibujo, que son sus formas de poner en escena y tramitar lo que les pasa.
Evitamos las etiquetas que fijan o estigmatizan a un niño bajo un nombre ("es hiperactivo", "tiene tal trastorno"). Buscamos leer qué función cumple esa conducta en la vida del niño y de la familia para abrir otras vías de expresión.
Un espacio que aloja su singularidad y acompaña a la familia.